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miércoles, 28 de diciembre de 2011

La pluma: Prosas poéticas


Recuerdos de adolescencia
(Apuntes del Diario de un artista)


 
Sin fecha

AYER la vi: era de noche y yo andaba fuera... Había un espectáculo callejero. Era aún temprano, pero yo llevaba prisa. Un mimo o un payaso —no lo sé— entretenía a la multitud. Ella me vio y corrió a abrazarme. La recibí sorprendido y con toda la emoción del reencuentro y el éxtasis de la bienvenida. Por poco me tira al suelo: estaba toda excitada: tenía tiempo de no verme y yo a ella también (... ¡Mi bonita amiga! ¿Cómo podía haberla olvidado?)... Me echó los brazos al cuello al tiempo que me estampaba un beso húmedo en la cara: yo la estreché con fuerza y la besé en la frente y en ambas mejillas (estaba tibia al contacto)... Me había extrañado mucho, me decía, ¿por qué ya no iba a visitarla?... Yo me perdía en sus ojos mientras hablaba: siempre me había gustado su mirada, sus grandes ojos pardos, tan luminosos y brillantes... Noté (no podía no haberlo notado) que le habían llorado hacía, apenas, unos minutos. «¿Por qué has llorado? », le dije. «Se me ha metido polvo en los ojos y me los he tenido que tallar», me contestó sencillamente... Tal vez, quizás, a causa de las lagrimas que aún cubrían sus ojos y mojaban sus pestañas, me pareció que le brillaban más que nunca (a pesar de que los tenía bastante enrojecidos)... O pudo ser, no lo sé, posiblemente, el placer y el gozo de volver a verme... No lo sé, repito, pero su mirada brillaba intensamente con una luz que ya me parecía haber visto antes sin haber reparado, completamente, en cuán fantástica y maravillosa era: sus ojos centelleaban... «¿Con quién vienes?», la interrogué. «Con mi mamá», me respondió. «Y ¿dónde está ella?», torné a inquirirla. «Ahí viene»..., y señaló en dirección a unos comercios que había en rededor de la plaza... Efectivamente, con un par de paquetes bajo el brazo, su madre me hizo un saludo con la mano a lo lejos. «Hora de irnos», le avisó. «Despídete»... Mi amiga se colgó de mí con un abrazo y me dio un beso en los labios de despedida que su mamá, afortunadamente, no advirtió. (... Le he prometido a mi amiga que iría a buscarla al colegio.)


Al volver a casa llegué bastante alterado; advertí que no cenaría y subí a mi cuarto; tuve que abrir la ventana y respirar un poco de aire fresco: estaba en un estado de frenesí tal que tan pronto me daba por caminar a grandes zancadas —de un extremo a otro de mi habitación— como por asomarme a la ventana para poder sentir el frío de la noche y tranquilizarme... Luego, recuerdo que me arrojé sobre la cama y hundí mis sienes en la almohada: pensaba en ella. Por último, me puse en pie tan bruscamente como me había acostado, y tras haber andado de nuevo a grandes pasos por mi alcoba (preso de la mayor agitación), me senté finalmente en mi escritorio y garrapateé unos versos que se me habían ocurrido... Helos aquí:


No hay luz más bella
Que la luz que hoy he visto brillar en tus ojos,
Dulce niña.
Ni mayor encanto
Que el encanto de tu sonrisa.


... Ya se ve: no soy ningún gran poeta; pero ella, en cambio, es verdaderamente muy linda. Tiene doce años y yo dieciocho. Su nombre es Bianca.

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ALGUNAS PALABRAS DEL AUTOR DE ESTE BLOG:

Esta es la última publicación del año; algunas obligaciones y compromisos me impidieron en no pocas ocasiones publicar lo que yo idealmente hubiera querido: tuve que recurrir (contadas veces, es cierto) a mostrar cosas ajenas o bien a mostrar cosas personales ya ha tiempo archivadas (pero que de un modo u otro hubiera terminado por enseñar más tarde). De cualquier manera, suelo cuidar muchísimo la calidad de todas mis publicaciones y nunca, puedo jurarlo tranquilamente, he subido algo que dejara que desear. Si quienes gentilmente me visitan, están de acuerdo conmigo, quedo satisfecho... Muy feliz año nuevo.

Gastón Abellán 


P.D.: La continuación de la publicación anterior: Los libros que han marcado mi vida, ha sido programada para el mes de enero del año entrante.

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Imagen: Román Gallardo: Niña.


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