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viernes, 28 de diciembre de 2012

La pluma: Cuentos breves

 
Memorias
de un dibujante
 
 
DEBÍA tener cinco años de edad, me encontraba en el jardín de niños; la maestra nos había dado la orden de sacar nuestro libro de ejercicios y de seguir las indicaciones de una de las páginas.
 
En la página había un espacio delimitado por un recuadro, y en la parte superior del recuadro podía leerse la instrucción siguiente: «Dibuja un pez colorado...».

Con el propósito de desafiar a la maestra, dibujé con esmero un diablo, provisto de cuernos, barbas de chivo y cola, armado con un tridente.

Recuerdo como a pesar de mis escasos años, hube de vacilar a la hora de encarar un problema de perspectiva: quería representar correctamente los dedos del puño de mi diablo asidos al tridente, vistos de manera frontal; lo hice de forma un tanto desmañada, pero contemplé al termino mi dibujo con satisfacción vanidosa. No solo estaba seguro de que mi obra era superior a todos los intentos de mis condiscípulos, sino que contaba con desconcertar a la maestra, dejándole ver a las claras que las reglas podían saltárselas los artistas a la torera.

Con infantil vanagloria mostré mi dibujo a mis compañeros que festejaron la ocurrencia, «La maestra va a enojarse», me dijeron; yo contaba con eso.

Al fin, nos formamos en fila india y comenzamos a pasar frente al escritorio de la maestra para entregarle los trabajos. Exultante, saboreaba la reacción de la misma por anticipado.

Uno a uno, mis compañeros fueron calificados con el número más alto, el diez; yo ansiaba conseguir, por lo menos, un cinco; que mi dibujo era el mejor no albergaba ninguna duda, mas me era preciso distinguirme del resto.

Llegué al cabo al escritorio y entregué con calculada modestia mi trabajo: la maestra lo recibió con naturalidad y con naturalidad me lo devolvió luego de haberme puesto la calificación correspondiente.

Profundamente decepcionado regresé a mi asiento: me había puesto un diez, lo mismo que a mis compañeros.


 

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Imagenes tomadas de la red, editadas por el autor de este blog.

 

2 comentarios:

  1. Ese tipo de maestras hace que un adicto a observar el caos se proponga superarse a sí mismo en cada ocasión.

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    1. Así es... Saludos cordiales, gracias por comentar.

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