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domingo, 7 de junio de 2015

Cuentos breves


Un rapto



Las toscas telas del hábito cubrirían, pronto, su delicado cuerpo; su belleza resplandeciente —que había inmortalizado un pintor de renombre y celebrado un poeta palatino— quedaría oculta, para siempre, tras los gruesos muros del convento.

Altivos mozos, los más gallardos y pulidos, la flor y nata de la aristocracia novohispana, se habían inclinado humildemente a su paso…

El mismísimo señor Virrey, en un sarao, escapando de la cercanía de su esposa, había aprovechado para deslizar en sus oídos un rebuscado y atrevido piropo… y, sin embargo, su padre la había destinado a la clausura…


Demasiado joven aún para pensar —si no con profundidad al menos con detenimiento— acerca del 
significado de su renuncia involuntaria al mundo, Amadita viajaba sin pesar —cómodamente instalada— en el blasonado carruaje que la conducía a la Ciudad de México.




El marqués, su padre, sentado a lado suyo, iba perdido en sus cavilaciones; en sus manos sostenía un soberbio bastón, de empuñadura de oro, que escondía en su interior un estoque.

Su madre, de complexión considerablemente robusta y notoriamente más joven que su marido, viajaba sentada plácidamente frente a ella. De cuando en cuando, la miraba y sonreía, satisfecha y bondadosamente, mientras se refrescaba gratamente con el abanico.




La negra y las criadas habían llorado copiosamente al despedir a Amadita. Al alba, el carruaje había abandonado la hacienda; anduvo por el valle durante la alegre mañana y no detuvo su marcha hasta el mediodía: era preciso cambiar las fatigadas mulas. Hecho lo anterior, prosiguió su andadura. Terminó por caer la tarde—y  ya cercana la puesta del sol— se encaminaba penosamente hacia lo alto; el sendero discurría entre verdes y sombríos pinares para descender, más adelante, hasta un sencillo pero simpático poblado.

Allí, en una habitación acondicionada para tal efecto, en la casa de un párroco amigo, los viajeros descansarían por la noche y repondrían fuerzas para así continuar su trayecto hasta la capital del reino.

Súbitamente, entre las ramas de los pinos, se asomaron rostros que no presagiaban nada bueno: rostros morenos, curtidos por el sol y las cicatrices, enmarcados por espesas patillas o con espesas barbas o bien, ocultos por un pañuelo… Al cabo de unos segundos: voces conminatorias, seguidas de disparos: el carruaje detuvo en seco su marcha; los asaltantes se apresuraron a asegurarlo colocando impedimentos entre las ruedas.

Ante el inesperado cese de la marcha, el marqués dio en asomarse para inquirir al cochero; Amadita, despertando de su modorra, sobresaltada, miraba a ambos lados de las ventanillas...




Voces rudas e imperiosas, los obligaron a descender con presteza. De frente a los pistoletes y arcabuces que les apuntaban, el marqués renunció a desenvainar su estoque. Guardaba en el interior del carruaje, en un compartimento secreto, armas de fuego, pero todo había sido demasiado rápido para pensar siquiera en sacarlas.

Sus bienes se hallaban ya en poder de los bandidos. La marquesa había sido despojada de sus valiosas alhajas. El marqués lamentaba la pérdida de su costoso reloj, de su bien abultada bolsa y de su bastón de puño de oro que albergaba una hoja del más fino acero de Toledo. Sólo Amadita, temblorosa, no tenía nada que echar en falta; en sus manos apretaba un grosero amuleto (qué había permanecido oculto a los vigilantes ojos de sus padres) regalo de la vieja y afectuosa esclava que la había visto partir, por la mañana, con los ojos anegados en lágrimas.

Por el sinuoso sendero, apareció repentinamente un jinete y se dirigió al grupo; los asaltantes se alinearon respetuosos a su paso a ambos lados de su montura: un brioso córcel negro. A pesar de su rostro embozado, su porte y sus maneras, unidos a su atildada vestimenta, declaraban ser propios de un hombre de calidad. Reclamó para sí el bastón del marqués, lo abrió dejando entrever brevemente la hoja que albergaba en su interior, y tras echarle una fría mirada valorativa lo volvió a su forma original y lo conservó para sí; luego, haciendo una seña a uno de los bandidos profirió:

—Pronto, lo otro.

El bandido, a quien se había dirigido la orden, se volvió entonces y levantó en vilo —tomándola por la cintura— a Amadita y la colocó en brazos del jinete que, picando espuelas, partió en el acto, mas no sin que milésimas de segundo antes, inesperadamente, se le descubriera completamente el rostro luego de aflojársele y caerle sobre el pecho el pañuelo encarnado con el que intentaba ocultar sus rasgos.

¡Vaya sorpresa!, al punto, los marqueses reconocieron a un antiguo cortejador de su hija… El marqués, reponiéndose en la medida de lo posible de su asombro, liberó entonces a una de las mulas que tiraban del carruaje para montar en ella, corrió a tomar un arma y secundado por los hombres que lo acompañaban se lanzó en pos del ladrón.

Cuesta arriba, iba el corcel del raptor: sus cascos hacían saltar chispas de las piedras; con todo, la distancia parecía acortarse entre él y quienes lo seguían; los hombres de la banda se habían dispersado; los perseguidores del secuestrador contaban con darle alcance...

Próximos a la cima, el marqués que azuzaba furiosamente a su montura, alcanzó a ver con espanto que su hija, sentada en el regazo del bandido, se sujetaba a su cuello y espalda para no caer: demasiado asustada, no gritaba ni pedía auxilio.

Entonces ocurrió la desgracia: la mula que montaba el marqués tropezó y fue a caer violentamente proyectando varios metros más adelante a su jinete lesionándolo severamente; al mismo tiempo, al oponerse en su caída a la trayectoria de los hombres que la antecedían, ocasionó la de las otras dos mulas.

El marqués, sangrando por la cara y por la boca llena de polvo, con varias costillas rotas y la clavícula dañada, quedó definitivamente fuera de combate, a duras penas sus hombres consiguieron levantarse cuando ya era demasiado tarde.

El raptor, quien en ningún momento hizo el intento por volverse, alcanzó al fin a llegar a la cima de donde descendió rápidamente al camino llano; al cabo de unos segundos, el ruido de los cascos de su caballo se apagaba por completo en la oscuridad de la noche.

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Imágenes tomadas de la red editadas por el autor.


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