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domingo, 7 de junio de 2015

Cuentos breves


Un rapto



Las toscas telas del hábito pronto cubrirían su cuerpo; su belleza resplandeciente —que había inmortalizado un pintor de renombre y celebrado un poeta palatino— quedaría oculta, para siempre, tras los espesos muros del convento.

Altivos mozos, los más gallardos y pulidos, la flor y nata de la aristocracia novohispana, se habían inclinado humildemente a su paso…

El mismísimo señor Virrey, en un sarao, escapando de la cercanía de su esposa, había aprovechado para deslizar en sus oídos un rebuscado y atrevido piropo… y, sin embargo, su padre la había destinado a la clausura…


Demasiado joven aún para pensar —si no con profundidad al menos con detenimiento— acerca del 
significado de su renuncia involuntaria al mundo, Amadita viajaba sin pesar —cómodamente instalada— en el blasonado carruaje que la conducía a la Ciudad de México.




El marqués, su padre, sentado a lado suyo, iba perdido en sus cavilaciones; en sus manos sostenía un soberbio bastón, de empuñadura de oro, que escondía en su interior un estoque.

Su madre, de complexión robusta y más joven que su marido, viajaba sentada plácidamente frente a ella. De cuando en cuando, la miraba y sonreía, satisfecha y bondadosamente, mientras se refrescaba gratamente con el abanico.




La negra y las criadas habían llorado copiosamente al despedir a Amadita. Al alba, el carruaje había abandonado la hacienda; anduvo por el valle durante la alegre mañana y no detuvo su marcha hasta el mediodía: era preciso cambiar las fatigadas mulas. Hecho lo anterior, prosiguió su andadura. Terminó por caer la tarde —y  ya cercana la puesta del sol— se encaminaba penosamente hacia lo alto; el sendero discurría entre verdes y sombríos pinares para descender, más adelante, hasta un sencillo pero simpático poblado.

Allí, en una habitación acondicionada para tal efecto, en la casa de un párroco amigo, los viajeros descansarían por la noche y repondrían fuerzas para así continuar su trayecto hasta la capital del reino.

Súbitamente, entre las ramas de los pinos, se asomaron rostros que no presagiaban nada bueno: rostros morenos, curtidos por el sol y las cicatrices, enmarcados por espesas patillas o con espesas barbas o bien, ocultos por un pañuelo… Al cabo de unos segundos: voces conminatorias, seguidas de disparos: el carruaje detuvo en seco su marcha; los asaltantes se apresuraron a asegurarlo colocando impedimentos entre las ruedas.

Ante el inesperado cese de la marcha, el marqués dio en asomarse para inquirir al cochero; Amadita, despertando de su modorra, sobresaltada, miraba a ambos lados de las ventanillas...




Voces rudas e imperiosas, los obligaron a descender con presteza. De frente a los pistoletes y arcabuces que les apuntaban, el marqués renunció a desenvainar su estoque. Guardaba en el interior del carruaje, en un compartimento secreto, armas de fuego, pero todo había sido demasiado rápido para pensar siquiera en sacarlas.

Sus bienes se hallaban ya en poder de los bandidos. La marquesa había sido despojada de sus valiosas alhajas. El marqués lamentaba la pérdida de su costoso reloj, de su abultada bolsa y de su bastón de puño de oro que albergaba una hoja del más fino acero de Toledo. Sólo Amadita, temblorosa, no tenía nada que echar en falta; en sus manos apretaba un grosero amuleto (qué había permanecido oculto a los vigilantes ojos de sus padres) regalo de la vieja y afectuosa esclava que la había visto partir, por la mañana, con los ojos anegados en lágrimas.

Por el sinuoso sendero, apareció repentinamente un jinete y se dirigió al grupo; los asaltantes se alinearon respetuosos a su paso a ambos lados de su montura: un brioso córcel negro. A pesar de su rostro embozado, su porte y sus maneras, unidos a su atildada vestimenta, declaraban ser propios de un hombre de calidad. Reclamó para sí el bastón del marqués, lo abrió dejando entrever brevemente la hoja que albergaba en su interior, y tras echarle una fría mirada valorativa lo volvió a su forma original y lo conservó para sí; luego, haciendo una seña a uno de los bandidos profirió:

—Pronto, lo otro.

El bandido, a quien se había dirigido la orden, se volvió entonces y levantó en vilo —tomándola por la cintura— a Amadita y la colocó en brazos del jinete que, picando espuelas, partió en el acto, mas no sin que milésimas de segundo antes, inesperadamente, se le descubriera completamente el rostro luego de aflojársele y caerle sobre el pecho el pañuelo encarnado con el que intentaba ocultar sus rasgos.

¡Vaya sorpresa!, al punto, los marqueses reconocieron a un antiguo cortejador de su hija… El marqués, reponiéndose en la medida de lo posible de su asombro, liberó entonces a una de las mulas que tiraban del carruaje para montar en ella, corrió a tomar un arma y secundado por los hombres que lo acompañaban se lanzó en pos del ladrón.

Cuesta arriba, iba el corcel del raptor: sus cascos hacían saltar chispas de las piedras; con todo, la distancia parecía acortarse entre él y quienes lo seguían; los hombres de la banda se habían dispersado; los perseguidores del secuestrador contaban con darle alcance...

Próximos a la cima, el marqués que azuzaba furiosamente a su montura, alcanzó a ver con espanto que su hija, sentada en el regazo del bandido, se sujetaba a su cuello y espalda para no caer: demasiado asustada, no gritaba ni pedía auxilio.

Entonces ocurrió la desgracia: la mula que montaba el marqués tropezó y fue a caer violentamente proyectando varios metros más adelante a su jinete lesionándolo severamente; al mismo tiempo, al oponerse en su caída a la trayectoria de los hombres que la antecedían, ocasionó la de las otras dos mulas.

El marqués, sangrando por la cara y por la boca llena de polvo, con varias costillas rotas y la clavícula dañada, quedó definitivamente fuera de combate, a duras penas sus hombres consiguieron levantarse cuando ya era demasiado tarde.

El raptor, quien en ningún momento hizo el intento por volverse, alcanzó al fin a llegar a la cima de donde descendió rápidamente al camino llano; al cabo de unos segundos, el ruido de los cascos de su caballo se apagaba por completo en la oscuridad de la noche.

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Imágenes tomadas de la red editadas por el autor.


viernes, 28 de diciembre de 2012

La pluma: Cuentos breves


Memorias
de un dibujante


DEBÍA tener cinco años de edad, me encontraba en el jardín de niños; la maestra nos había dado la orden de sacar nuestro libro de ejercicios y de seguir las indicaciones de una de las páginas.

En la página había un espacio delimitado por un recuadro, y en la parte superior del recuadro podía leerse la instrucción siguiente: «Dibuja un pez colorado...».

Con el propósito de desafiar a la maestra, dibujé con esmero un diablo, provisto de cuernos, barbas de chivo y cola, armado con un tridente.

Recuerdo como a pesar de mis escasos años, hube de vacilar a la hora de encarar un problema de perspectiva: quería representar correctamente los dedos del puño de mi diablo asidos al tridente, vistos de manera frontal; lo hice de forma un tanto desmañada, pero contemplé al termino mi dibujo con satisfacción vanidosa. No solo estaba seguro de que mi obra era superior a todos los intentos de mis condiscípulos, sino que contaba con desconcertar a la maestra, dejándole ver a las claras que las reglas podían saltárselas los artistas a la torera.

Con infantil vanagloria mostré mi dibujo a mis compañeros que festejaron la ocurrencia, «La maestra va a enojarse», me dijeron; yo contaba con eso.

Al fin, nos formamos en fila india y comenzamos a pasar frente al escritorio de la maestra para entregarle los trabajos. Exultante, saboreaba la reacción de la misma por anticipado.

Uno a uno, mis compañeros fueron calificados con el número más alto, el diez; yo ansiaba conseguir, por lo menos, un cinco; que mi dibujo era el mejor no albergaba ninguna duda, mas me era preciso distinguirme del resto.

Llegué al cabo al escritorio y entregué con calculada modestia mi trabajo: la maestra lo recibió con naturalidad y con naturalidad me lo devolvió luego de haberme puesto la calificación correspondiente.

Profundamente decepcionado regresé a mi asiento: me había puesto un diez, lo mismo que a mis compañeros.



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Imagenes tomadas de la red, editadas por el autor de este blog.

martes, 14 de febrero de 2012

La pluma: Cuentos breves


Un crimen... y una boda


ONUR era el comerciante más rico del barrio; era, también, el más joven. Tenía un conjunto de negocios —herencia de su padre, que había muerto hacía unos pocos años— situados en el interior del Gran Bazar de Estambul; se especializaba en tejidos y perfumes. Su casa —legado de su padre, lo mismo que sus negocios— era una de las más suntuosas. Quedaba justo a un lado de la casa del cadí.

El cadí tenía una hija: Umay, fruto de su quinto y último matrimonio; era la más pequeña; sus otras hijas estaban ya casadas; no había tenido ningún varón. Vivía en santa paz en compañía de sus esposas y de su hija.

La pequeña Umay, con tan solo cinco años, solía saltar la tapia del jardín, que separaba su casa de la del vecino, y Onur le regalaba golosinas; de vuelta en su hogar, las mujeres solían reprenderla, mas la niña persistía en sus travesuras. El cadí, aunque se hacía eco de las reprimendas femeninas, en el fondo la miraba con indulgencia: tenía gran confianza y cercanía con Onur y le profesaba un sincero afecto. Había guardado amistad con su padre y, ahora, se la dispensaba al muchacho. A pesar de ser el uno casi un anciano, frecuentemente se juntaban para charlar y tomar un café o un té, o fumar una pipa...

Onur era un joven apuesto; tenía, además, excelentes modales; pero, sobre todo, era recto y piadoso: eso agradaba al cadí. Su madre había muerto siendo muy niño; y su padre —quien le procurara la mejor educación a su alcance (y a sus intereses)— lo había puesto desde temprana edad a trabajar en sus negocios; había tenido, pues, que madurar muy pronto. Era un muchacho diligente y honrado...

Por todos esos motivos, era que las frecuentes escapadas de Umay, a casa del comerciante, solo recibían, de parte del cadí, una fingida reprimenda.

A decir verdad, el anciano esperaba que llegado el momento —faltaban todavía algunos años—, Onur le pediría la mano de la pequeña Umay en matrimonio: estaría encantado de dejar a su hija bajo tan buen resguardo...

En una ocasión, sin embargo, supo, que Onur contraería nupcias con una joven búlgara (musulmana como no podía ser de otra manera)... Onur tenía, por entonces, veintisiete o veintiocho años y su mujer, apenas algo menor, era una auténtica belleza...

«Cúmplase la voluntad de Alá», dijo el cadí.


Transcurrieron siete años... Onur se había casado muy enamorado de su esposa. Ella, en cambio, no parecía tenerle demasiado apego. El matrimonio carecía de hijos. La pequeña Umay había, progresivamente, dejado de saltar la tapia del jardín...

Cierto día, en que Onur vagaba por el Bazar, deteniéndose, aquí y allá, en saludar a sus amigos y conocidos, lo detuvo un marchito viejo, desdentado y frágil, que con gran agitación y viveza le indicó que deseaba venderle algo. Sacó un envoltorio de sus ropas mugrientas y, desanudándolo prestamente, le mostró a Onur un estilete: era una almarada de fabricación siria.

La hoja, de buen acero, era triangular y medía, exactamente, treinta centímetros; el canto estaba decorado con incisiones hasta la mitad y la empuñadura, de tipo hexagonal —ligeramente curva, para permitir un más cómodo agarre, y más ancha en la base—, era de ébano y estaba, intrincadamente, damasquinada en plata; el pomo lucía contera del mismo metal y remataba en una cuenta de marfil que llevaba engastada en el centro; finalmente, entre la empuñadura y la hoja, lucía un pequeño pivote que remataba, a su vez, en un botón de marfil (ideal para apoyar el pulgar y también para ayudar a que el arma no se deslizase del cinto). Se trataba, indudablemente, de un soberbio trabajo de artesanía y era, al mismo tiempo, un objeto de cuidado... La hoja, carente de filo, únicamente podía herir de punta, mas era capaz de desangrar, rápidamente, a un desgraciado...

Tras regatear, como era costumbre, Onur compró la almarada; no, ciertamente, porque pensase destinarla a algún uso particular; sino porque tenía un gran aprecio por los objetos hermosos...

Satisfecho con su compra, salió del bazar para respirar un poco de aire fresco, y guardándose el arma en la faja, luego de haberla admirado de nuevo, marchó a pasear en dirección al Cuerno de Oro...      

Mientras andaba, una mujer jorobada con la nariz prominente, y un antojo peludo en la cara surcada de arrugas, se le acercó para ofrecerle un cartucho de semillas: se lo tendió con garras de arpía y, al reconocerlo, lo miró con menosprecio... Onur le compró, distraídamente, un paquete y prosiguió su marcha comiendo pepitas con despreocupación e indolencia. La noche pasada, había tenido una horrible pesadilla que lo había hecho despertar asustado y empapado en sudor (si bien, afortunadamente, nada recordaba ya); en días anteriores, había presenciado en la calle un incidente desagradable que lo impresionara vivamente: un palomo de soberbio plumaje blanco se había colocado confiadamente bajo la rueda de un tranvía; éste había arrancado y había  pasado por encima del ave haciéndola estallar como  si  fuera un globo: se había escuchado un horrible sonido; un diminuto y sangrante corazón rojo había aterrizado en la acera aún palpitante... Con ello había soñado...

Al cabo de un rato, se detuvo en la tienda de un joyero judío —un tipo untuoso y encorvado (con una luciente calva)— para admirar unos pendientes: hacía apenas una media hora, se había dado un gusto comprando la almarada al viejo, y ahora deseaba, igualmente, llevarle una sorpresa a su esposa. Quería comprarle un regalo, más por el placer de obsequiarle algo (para demostrarle que siempre estaba pensando en ella) que por el de sorprenderla con un objeto costoso. No obstante, el judío que le vendió los pendientes —de plata afiligranada, ornados con amatistas—, encareciéndole lo muy contenta que se sentiría su mujer con una elección tan de buen gusto, no se los cobró baratos... Onur pagó los pendientes —esta vez sin regatear— y abandonó el negocio... Pensó en tomarse la mañana libre. Llamó a un niño que jugaba en compañía de otros niños, persiguiendo a las numerosas palomas que había en la calle, y le dio una moneda, junto con instrucciones muy precisas, a cambio de que fuera al Bazar, a avisar al jefe de sus empleados que no volvería. Hecho eso, se dirigió a su domicilio.

Caminaba alegremente; pensaba en lo mucho que quería a su esposa y en lo mucho que anhelaba, todavía, hacerla feliz. Pensaba que, acaso, la frialdad e indiferencia (que nunca llegaba a la abierta grosería) que ella le manifestaba casi a diario últimamente, se debía al hecho de no haber conseguido dar a luz a un hijo. Aunque razonaba, casi en el acto, que ella se había mostrado así desde un principio y nunca había parecido ansiosa de tener una criatura. Un médico, por otro lado, la había declarado estéril; solo el gran amor que le tenía a su mujer le había impedido tomar una segunda esposa como era su derecho; pensaba, naturalmente, en que tendría que reconsiderar, tarde o temprano, eso.

En todo lo anterior reflexionaba cuando, por fin, llegó a su vivienda; atravesó la hermosa puerta de la entrada y pisó el tapizado vestíbulo; subió unas escaleras realzadas por una airosa baranda de madera y, desplazándose por el brillante, taraceado y perfumado pasillo —olía a almizcle y a rosas y a un perfume acre que no supo distinguir—, se dirigió a su alcoba; abrió las puertas de madera tallada y cuál no sería su sorpresa al ver a su mujer en los fornidos brazos de un negro: Ihan, un vendedor de granos de café...

El negro, al verse descubierto, reaccionó audazmente: tomó las ropas de cama y, brincando como una pantera, las echó encima de Onur; propinándole, inmediatamente, un violento empellón que lo hizo caer tambaleante, fuera de la recamara, con el rostro cubierto. Después, vistió a toda prisa unos pantalones y dirigiéndose al otro extremo de la habitación, intentó escapar por una de las ventanas que daban al enorme jardín situado en la parte trasera de la casa. La mujer de Onur, en tanto, se replegaba como una gata e intentaba taparse con lo que tenía más a mano.




El negro apoyó el pie en un techado que sobresalía bajo las ventanas y, en su precipitación, trastabilló cayendo de lado sobre el mismo, para, de ahí, deslizarle hacia abajo y caer estrepitosamente al suelo; golpeándose esta vez, fuertemente, la cabeza con una maceta y desnucándose enseguida.

Onur, tras desembarazarse de las ropas que cubrían su cara y su cuerpo, penetró de nueva cuenta en la habitación; tomó una pistola de una gaveta y corrió a la ventana, al tiempo que daba voces llamando a los criados... Como ninguno apareciera y no creyera ver rastro alguno del sujeto, salió de la recámara a toda prisa y se dirigió al jardín, en volandas, profiriendo maldiciones. Para encontrarse, súbitamente, con la pesada humanidad del negro, de espaldas sobre el pavimento, muerto ya —la cabeza lanosa en medio de un charco de sangre—, con los ojos vidriosos apuntando estúpidamente hacia el cielo. Pateó el suelo con rabia y se percató, aún en medio de su coraje, de cuán endiabladamente feo había sido el amante de su mujer: tan semejante a un simio... Luego, entró de nuevo a su morada y subió a su alcoba: su mujer había conseguido vestirse.

... Con su cutis claro y mate, sus rizos rubios, sus pómulos teñidos por un suave rubor, sus facciones delineadas y su expresión naturalmente severa, su mujer hubiera podido pasar por una virgen doliente... Onur la abofeteó con tanta rudeza que la tendió sobre la cama de la cual se había incorporado; le desgarró las ropas de un vehemente tirón y la aprehendió del cuello, manteniéndola en el lecho; ella, en vano, trató de defenderse. No podía decir nada, pero intentaba despegarse el brazo —de venas rotundamente hinchadas bajo la manga— que tan firmemente la atenazaba... Onur sacó el estilete que llevaba en la faja y sin dejar de sujetar el cuello de su esposa con la mano siniestra, le hundió con gran fuerza la almarada en el vientre: lo hizo con tanto ímpetu que la clavó en el colchón como a una mariposa en el corcho con un alfiler... Él se lastimó el pulgar...

Muerta ya su esposa, abandonó la habitación justo cuando un criado, tocado con un fez, dando gritos, subía a buscarlo para comunicarle que había hallado, en el jardín, el cadáver de un africano...

Onur se entregó a la justicia...

Estando detenido, su amigo el cadí fue a visitarlo.

—Onur, hiciste lo correcto —le dijo el anciano.

—Lo sé —respondió el interpelado—, sé que hice lo correcto.

—No tardarán en soltarte Onur actuaste como un hombre, de eso me encargo yo —remató el cadí—: no en balde he gozado, siempre, de gran prestigio en el distrito...

Efectivamente, no era posible retenerlo demasiado tiempo. Por pura fórmula, se abrió un proceso judicial y se concluyó, velozmente, que cualquier otro, en su lugar, hubiera hecho lo mismo. Ni siquiera tuvieron un especial peso las declaraciones del cadí en su favor (quien como se ha dicho tenía un gran prestigio en todo el distrito). Onur fue dejado en libertad a los pocos días; sus amistades lo recibieron como un héroe. Ya en libertad, el cadí le dijo que tenía un importante asunto que proponerle... Él aceptó la propuesta.

Así, de esta manera, fue que poco después de esos trágicos acontecimientos, se vio la celebración de los esponsales de Onur con la hija de su anciano amigo. Se casaron una mañana durante el Festival de Primavera.

El día de los esponsales, el viejo no cabía en sí de gozo... Onur también estaba contento: recordaba a la pequeña Umay cuando venía a visitarlo en su jardín y él le obsequiaba golosinas (y le contaba, quizás, alguna historia)... Su joven y linda novia sonreía tímidamente; sus ojos dulces brillaban con infinito candor e inocencia…

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Imagenes intervenidas digitalmente por el autor de este blog. Tomadas de la red.


viernes, 14 de octubre de 2011

La pluma: Cuentos breves


La casa


«LA abuela está loca y no lo deja hacer nada…, y en la casa espantan... La casa es una mansión con muchos cuartos...» Así se expresaban mis amigos del ambiente en donde yo vivía. Ya ha pasado mucho tiempo desde entonces; desde que salí, no he vuelto a ese lugar. Mi abuela aún no ha muerto...

Más… ¿qué cómo fue que llegué a tal sitio?..., eso poco importa en este momento, bastará con que diga que ahí transcurrió el término de mi adolescencia y que el recuerdo de dicha época perdura todavía.

Lo que voy a narrar ahora, no es la crónica de mi vida en aquel periodo; es la simple mención de dos sucesos que podrían considerarse sobrenaturales y que me acontecieron en una de las habitaciones de la vieja casona.

Bien..., comienzo...

***

Era el mes de diciembre, y hacía frío. Yo dormía en la habitación rosa: estaba acostado en la cama, bajo las mantas.  Debían ser entre las cinco y las seis de la mañana… De pronto, desperté porque alguien había abierto la puerta y entrado en la alcoba; abrí los ojos y vi a un hombre —o tal vez debería decir— a un espectro: no pude efectuar ningún movimiento, tampoco me fue posible gritar. El espectro avanzó en la estancia; representaba a un hombre pequeño, casi del tamaño de un niño crecido, pero no tenía en modo alguno la apariencia de un enano, menos aún de un duende.

... Extremadamente delgado, su figura era borrosa y semitransparente (como hecha de vapor o niebla). Tenía el cabello lacio, despeinado y largo hasta la nuca. Sus facciones eran afiladas y (como pude contemplar segundos después) tenía grandes huecos en el rostro; mostraba una expresión de crueldad… Vestía chaleco y pantalones: puesto que su figura se tornaba más tenue de arriba a abajo, casi no le veía las piernas (sobre todo, a partir de  la mitad de los muslos), no obstante, sé que sí tenía piernas. Y pese a ello, no caminaba: parecía como si flotara. Representaba a un hombre rubio (aún cuando toda su figura era blanca y sin matices de color); quizá, lo había sido...

… Atravesó la recámara y llegó hasta la cabecera de mi lecho, se situó entre mi cama y un armario lateral; por los agujeros que tenía en la cara, podía ver con mayor claridad las tallas del armario: un viejo armario adornado con falsos blasones... 

... Dio en hablarme y me apuntó con un dedo; hablaba con voz sorda, aspera e irónica, en una lengua que yo nunca había escuchado antes: sonaba amenazante, mas no podía comprender lo que me decía. Incapaz de soportar mirarlo, tuve que cerrar mis ojos. Entonces, él tomó la esquina de mi colcha y la alzó en el aire (lo bastante como para, al dejarla caer, hacerme sentir una corriente fría en la mejilla); y tras eso, en ese instante, con los ojos cerrados, supe enseguida que al fin se había marchado; abrí los ojos nuevamente y pude, ahora sí, recuperar el control de mi cuerpo (para incorporarme a medias en la cama) y , posteriormente, correr a encender la luz y asomarme vagamente al pasillo: no me atreví a salir del cuarto. Luego, me senté en la cama a esperar el amanecer.

***

 ... Aquel extraño personaje no volvería aparecérseme, pero días más tarde hube de  recibir la visita de una mujer (... o lo que pudo haber sido una, si es que efectivamente alguna vez una y otra aparición fueron criaturas humanas).

 Ocurrió de esta manera:

Al llegar el cuarto día tras lo ya relatado en un principio y habiendo conseguido dormir un  tiempo fuera, hospedado, precautoria y temporalmente, en algunos hogares de amigos, hube de volver a la casa.

Y en la noche del día de mi vuelta, me encerré con seguro en la recámara y me acosté dejando la luz encendida. Tardé mucho en conciliar el sueño; lo hice mirando continuamente el reloj. Por alguna razón, un tanto difícil de explicar, temía que si me dormía tornarían a espantarme (esperaba, sin desearla, la visita del espectro).

Recuerdo que conseguí permanecer en vela hasta las tres de la madrugada; y, finalmente, que cuando desperté, al igual que la vez anterior, entre las cinco y las seis de la mañana, lo hice porque alguien se había tendido a mi espalda y reposaba en mi lecho. He de recalcar que la luz continuaba encendida y la habitación permanecía cerrada...

... Aquello que fuera que estaba a mi espalda, supo al punto que había despertado e, inmediatamente, se acercó a mi cabeza para susurrarme al oído. Era, esta vez, una voz femenina; igual o más horrible, si cabe, que la anterior; yo sentía, además, inundárseme la nuca con su aliento gélido. El frío me calaba hasta bajo las cobijas; temblaba. Su voz también sonaba amenazadora, y su presencia incorpórea era tan leve y pesada, a un tiempo, como siniestra... A ella no podía verla; y de hecho, no la vería: solo pude sentirla y escucharla...

No me murmuró mucho rato al oído, a decir verdad, pero esos breves segundos —estoy seguro de que fueron muy breves— hubieron de parecerme interminables; repentinamente, cesó de hablar; sentíla que se levantaba de la cama y, apenas un poco más tarde, la sensación de su presencia que llenaba la alcoba se desvanecía por completo...

Yo pude incorporarme y comprobé que me encontraba solo.

No corrí a encender la luz —pues como dejé bien claro antes—, ésta se había mantenido encendida durante toda la noche y lo largo de la madrugada; muy poco después —he de acotar—, la luz del sol entraba por las ventanas e iluminaba la estancia...

***

Ahora: ¿qué fue lo que creí ver, sentir y escuchar?... No lo sé, nunca lo supe. Ya para concluir, quiero consignar que por espacio de tres años  (mismos que pasé en esa casa)  me sucedieron toda suerte de cosas extravagantes y raras;  las más de ellas poco o nada tenían que ver con lo sobrenatural: ya mencionaba la opinión que a mis amistades ofrecía mi abuela... Y como apuntaba, no he vuelto a ese lugar, pero imagino que debe de continuar idéntico a como estaba antes cuando yo vivía en él: con los candelabros y los marcos de las antiguas pinturas —que no he mencionado— cubriéndose de polvo, con las habitaciones solitarias y vacías con sus cortinas raídas y sus muebles pesados y vetustos... Y con la ya marchita figura de mi abuela, el rosario en la mano, con la razón cada vez más vacilante, deambulando por los corredores y pasillos de la casa y quién sabe... si con la presencia de algo o alguien más.

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Imagen reeditada y retocada por el autor de este blog. Tomada de la red.


jueves, 7 de octubre de 2010

Cuentos breves


Un crimen


EL juez comunica la sentencia al acusado:

—En nombre del pueblo de Francia, será usted guillotinado en una plaza pública.

En la sala, varias mujeres caen desmayadas, otras entran en paroxismos histéricos. En la prisión, el asesino ha recibido cientos de cartas de múltiples admiradoras. Es un hombre calvo, fornido, de mediana estatura, cincuentón, viste con una elegancia legítima, tiene una hermosa y bien cuidada barba negra que le da un aspecto de asirio... Sonríe orgulloso. Durante el largo tiempo que se ha prolongado su proceso, el acusado siempre se ha mostrado desafiante y nunca ha manifestado arrepentimiento.

Los ujieres se encargan de poner un poco de orden.

La sentencia es definitiva: no cabe la apelación. Entran los gendarmes.

El juez pregunta al acusado si tiene algo que declarar.

Lenta, despaciosamente, el sentenciado responde:

—Sí, señor juez..., ¿sabe usted?..., hasta el final mi mujer hubo de resultarme insulsa.

... La había descuartizado y se la había comido.

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Imagen reeditada y retocada por el autor de este blog. Tomada de la red.


viernes, 7 de mayo de 2010

Cuentos breves


Apaches

A MANUEL PAYNO


A lo largo de todo el periodo colonial y durante buena parte del periodo de vida independiente, las autoridades sucesivas, de lo que se convertiría en la República Mexicana, mantuvieron una lucha desigual contra los indios apaches y los comanches. Estos gruposantagónicos entre si terminarían por encontrarse cogidos entre dos fuegos: el de los colonos blancos del sur de los Estados Unidos, y el de la población española, criolla y mestiza de los territorios del norte mexicano. En México, el último enfrentamiento ocurrió en 1935.

DON Pedro Recio de Ibarra, marqués de la Villa del Mezquital y conde de la Laguna, tuvo una hija que quedó huérfana de madre al poco de haber nacido. El marqués no volvió a casarse, se consagró a su hija y contaba con otorgársela a un buen partido. Dueño de extensas haciendas y propiedades, tanto en la capital del reino, como en la provincia de la Nueva Vizcaya, el marqués era un hombre sobradamente adinerado. Su futuro yerno, por tanto, debía de estar a la altura de sus riquezas y linaje. Quiso el destino, sin embargo, que ya crecida su hija, esta viniese a enamorarse de un mestizo de escasa fortuna. Conociendo las expectativas de su padre, la muchacha eligió un día escaparse con el mestizo y dio a luz a un hijo. El marqués, tras una intensa búsqueda que se prolongó durante largo tiempo, logró al fin hallar  a la pareja y dio muerte al mestizo; poco le faltó para matar también al niño... Loca  de dolor, la hija regresó a la casa paterna con el hijo a cuestas. El marqués, deseando ocultar al niño (habido de esta manera), envió a la muchacha a guardarse a una de sus haciendas situada en el norte del país.

El hijo del mestizo heredó la tez clara, los ojos azules y el cabello rubio de la madre. Vivió hasta los tres años en la hacienda de su abuelo. La madre, abrumada por la muerte de su esposo, mal pudo hacerse cargo del niño: sería una nana de confianza quien se encargaría de criarlo.

Por su parte, en su palacio de la ciudad de México, el marqués no quería saber gran cosa de su hija y, menos todavía, del  «bastardo»;  que era como llamaba a su nieto. Era un hombre violento, enérgico...

La hacienda del marqués de la Villa, en la Nueva Vizcaya, era una prospera hacienda ganadera; cultivaba, además, maíz, trigo y frijol. La relativa tranquilidad, de hacía ya varios años, había hecho que se descuidara su resguardo.

Los apaches chiricahuas, que por entonces asolaban, periódicamente, los territorios del norte de la Nueva España, se habían mantenido pacíficos durante algunos años a raíz de las disposiciones de los gobiernos coloniales de las provincias, quienes habían llegado al extremo de pagar a los indios, para detener sus rapiñas y sus saqueos. Esa situación no duraría mucho tiempo.

Un día los apaches atacan la hacienda, roban el ganado y la cosecha, matan a la servidumbre y a los peones, degollan a la hija del marqués y  le prenden fuego a la hacienda. Un guerrero indio recoge al niño.

En el campamento de los apaches, lo entrega a su mujer que acaba de perder a una criatura enferma. El hijo del mestizo, y nieto del marqués de la Villa del Mezquital y conde de la Laguna, crece en el campamento indio y no tarda en olvidar su anterior vida.

Crece hasta llegar a los veinte años como un indio más; se convierte en uno de ellos.

En su orgullosa residencia de la ciudad de México, el marqués recibe la noticia del saqueo de su hacienda y la de la muerte de su hija; el nieto lo tiene sin cuidado. Organiza una expedición punitiva. Arde en deseos de venganza y junta una partida de aventureros. En años posteriores, se va a dedicar con celo a cazar indios salvajes. El gobernador de la provincia, ante el recrudecimiento de los ataques apaches, va llegar a ofrecer una suma en plata por cada cabellera de indio muerto. El marqués va a desempeñar su misión con tanto ahínco, que un día no va a alcanzar para pagarle a él y a sus hombres.

Durante mucho tiempo, se va a dar a la tarea de combatirlos y  perseguirlos activamente, llegando a sorprenderlos incluso, en sus propios campamentos. Alguna vez, va a arrasar una aldea de indios pacíficos.

Veinte años más tarde, va a caer víctima de una emboscada: sus hombres van a ser masacrados... Capturado, vejado, y torturado horriblemente; los apaches lo dejarán horas atado a un poste para que todo el pueblo pueda mofarlo y escarnecerlo... Rato ha ya, que sus padecimientos lo han hecho perder el sentido... Los niños del campamento lo pinchan con varitas en el cuerpo maltrecho y le tiran piedras... Un perro amarillo ladra... Las mujeres lo escupen y maldicen... Hay fiesta en el campamento:... se prepara una danza... De  pronto, un guerrero se acerca al cautivo, le empapa los labios con aguardiente y lo abofetea  y sacude hasta que lo hace recuperar el sentido.  El marqués de la Villa abre trabajosamente sus párpados que tiene monstruosamente hinchados. Frente a él, esta un joven indio con el rostro atezado, pero con los los ojos sorprendentemente azules y las mechas rubias; el indio lo mira con sorna, saca entonces un afilado cuchillo y comienza a arrancarle la cabellera.


miércoles, 7 de abril de 2010

Cuentos breves





Piratas

 
ES de noche. Amenaza una tormenta. Una fragata de guerra abandona la rada en persecución de un navío. Ha largado a todo trapo. Del fuerte, se oye el retumbar de los inútiles cañonazos: el bergantín-goleta, que persigue la nave capitana de la armada del puerto, se halla ya lejos. El «Jesús Sacramentado»,  nombre del buque de guerra, es un hervidero de oficiales y marinería; brillan las antorchas en la cubierta y son aprestados los aparejos. Desde el castillo de proa, el almirante don Joaquín Cano da voces. El gobernador de la isla, Gaspar de Lugo no sabe exactamente cómo ha venido a parar al barco. El arzobispo don Rodrigo de Guzmán maldice. Esta rojo de ira y tiene el rostro congestionado; pareciera, como si de un momento a otro, fuese a sufrir un ataque de apoplejía; vocifera y da gritos de cólera...; echa espumarajos por la boca...

No es para menos: le han raptado a su sobrina, «mi más preciado tesoro», la llama su tío, hipócritamente. La niña es huérfana, nacida y criada en España y llegada recientemente a las Antillas. Es pálida, casi transparente; con una abundante mata de sedosos, negros y lacios cabellos que le caen en cascada hasta casi más abajo de la cintura; tiene los ojos color violeta: grandes y brillantes; una estilizada y respingada naricilla —como habituada a no oler más que perfumes— y una boca roja y jugosa como una manzana madura... Es, a sus trece años, la criatura más bella de toda la isla. Su juventud virginal, su figura airosa, sus pechos pequeños como dos frutos, sus manos delicadas, sus pies de andaluza —calzados siempre con garbo con coquetos escarpines—, todo ello es capaz de volver loco al caballero más pintado... No así: al condesito de Tierra Nueva, sobrino del gobernador (y que iría más de su grado a rescatar otra cosa)... Como quiera que sea: ya los han comprometido...

El condesito tiene veinte años y gustos equívocos. Nervioso, se pasea por la amurada, enredando el dedo índice de su mano derecha en los tirabuzones de su peluca. Con la izquierda se apoya, ridículamente, en el puño de su espada: arma inútil en manos como las suyas. No tiene ningún deseo de llegar a capturar al bergantín.

Mientras tanto, el almirante continúa apremiando a su tripulación. El gobernador de la isla continúa azorado. El arzobispo brama: «... ¡bastardos, hijueputas..., mi sobrina, mi tesoro, mis cofres..., mi dinero!...»; y es que también han saqueado el palacio arzobispal..., el palacio arzobispal y la Casa del Diezmo...


Resulta que Su Excelencia estaba muy tranquilo bebiendo chocolate en la casa del gobernador, cuando dos negros llegaron a toda prisa a comunicarle la noticia. A Su Excelencia se le cayó el chocolate, de paso escupió al gobernador, volcó una mancerina de plata y golpeó a los negros.


La sobrina de Su Excelencia no tiene más dote que su belleza; con todo, ya le había sido concertado un matrimonio ventajoso. Además, esta el hecho, de que a Su Señoría le han robado sus arcas...

Junto con los bienes y la sobrina de Su Ilustrísima, los piratas se han llevado también consigo a una simpática e inocente criadita india. Linda moza la india por cierto.

... «¡Perros, herejes..., luteranos de mierda..., engendros del Demonio, hijos de Satanás!», continua gritando Su Excelentísimo. Lo que más coraje le da, es el robo de sus cuantiosas riquezas...


Ya hace rato que se desató la tormenta, pero en el barco pirata se festeja y se canta, se bebe ron y se dicen chanzas obscenas. La sobrina del arzobispo se ha desmayado. El capitán, un judeo-holandés
 —descendiente de falsos conversos—, la tiene en su camarote en compañía de la muchacha india. La india, asustada, trata de calmarse y ayudar a su amita. El ruido del mar embravecido ahoga el sonido de la francachela. Los hombres del «Leviathan», nombre de la nave pirata, no temen a la tempestad; tampoco que les den alcance: la nave es muy marinera...

La persecución prosigue toda la noche en medio de un mar agitado. A ratos, la tormenta oculta al barco perseguido en medio de chubascos de agua y densos nubarrones. Acaba la madrugada y llega el alba con un descenso de la tempestad. Con la huida de las sombras, se desvanece poco a poco, lentamente, empujada por el viento favorable, la nave pirata. Inútilmente, los hombres del «Jesús» otean en el horizonte desde lo alto de los mástiles y cofas... Su Señoría,  al fin, sufre un síncope...; el condesito de Tierra Nueva suspira aliviado.




domingo, 7 de febrero de 2010

Cuentos breves


La boda


Mi madre vino hacia mí cuando me estaban meciendo en un columpio entre dos ramas. Mi cuidadora me lavó la cara y me llevó de la mano. Cuando llegamos a la puerta se detuvo para que yo recuperara el aliento. Me introdujeron en la habitación donde esperaba el Profeta sentado en una cama de nuestra casa. Mi madre me hizo sentar en el regazo de él. Entonces, los hombres y las mujeres se levantaron y nos dejaron solos. El Profeta consumó el matrimonio conmigo en mi casa cuando tenía nueve años.

AISHA
Tabari Hadith, 9.131


Assalamu aleikum wa ramatullahi wa barakatu...

Querido Haytham:

Me escribes pidiéndome consejo como imán y como tu pariente más cercano después de la muerte de tu noble padre que Alá tenga en su gloria. Mi consejo es éste: cásate, una mujer joven es una bendición del Altísimo. Y mejor aún, si apenas ha alcanzado la pubertad. Me dices que tienes veintiocho años cumplidos y tu prometida diez. Bien veo que habiendo pasado tanto tiempo en el extranjero has traído contigo ciertas prevenciones propias de los occidentales. Pero yo te digo, que quien sigue el ejemplo de nuestro Profeta (que la paz y la oración sean con él), no puede obrar mal. Él tenía cincuenta y cuatro años cuando contrajo nupcias con la joven Aisha (que Alá esté complacido con ella). Y fue la suya una unión venturosa. Sabes tú, según consta en los antiguos hadíces, que de todas sus esposas fue la más amada. Así pues, sobrino, desecha tus ideas absurdas y...

Por cierto, ¿cómo se llama tu prometida?...

Mashallah.




Wa aleikum salam...

Respetado tío Hafiz:

Se llama Nasreen... Mi inquietud era con respecto a la dote... Ahora me doy cuenta que no supe explicarme adecuadamente. Por suerte, todo se ha arreglado... La ceremonia se llevará a cabo en dos semanas... Tiempo suficiente para que puedas delegar en otro tus funciones y llegar a la celebración, quiero que dirijas unas palabras después de los rezos. Un abrazo.

Salam.

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Imagen reeditada y retocada por el autor de este blog. Tomada de la red.


jueves, 28 de enero de 2010

«Omertà, onuri e sangu»


Ocurrió en Sicilia


DOS mujeres enlutadas, llorosas, suben al carro que transporta el cadáver del ahorcado. Un hombre moreno —posiblemente un gitano— con un poblado bigote y una larga pipa de madera en los labios. Sentado en el pescante, en medio de las dos mujeres, hace chasquear el látigo. Y el caballo, un magnífico animal de tiro color negro azabache, emprende la marcha. Las puertas de la penitenciaría se cierran tras ellos, resguardadas por dos carabineros. El camino está malo. Las calles están sin pavimentar. Salpicadas, aquí y allá, de piedras y de basura. Cuando el carro abandona la ciudad para llegar al campo, el camino está peor aún: hay baches por doquier. Pese a ello, el cochero azuza al caballo como si quisiera llegar cuanto antes a su destino y deshacerse de la infortunada carga. Las mujeres gimen y hunden la cabeza entre las manos: son la madre y la hermana del difunto. No tienen ningún parentesco con el hombre que conduce, lo han contratado. El padre y el hermano del muerto llevan varias semanas desaparecidos. No evaden la acción de la justicia. Ésta, por su parte, no tendría nada que cargarles. Madre e hija infieren, equivocadamente, que andan huyendo.


En lo alto de una colina marchan dos hombres sudorosos y llenos de polvo. Uno de ellos bien querría escapar, pero es imposible. Camina maniatado y va descalzo, los tobillos sujetos por un grueso cordón de cáñamo. A su espalda, un viejo como de sesenta años, pero vigoroso y fuerte aún, camina apuntándole con una escopeta. Estuvo presente en la ejecución de la mañana, disfrazado de pordiosero. Esperando un indulto que nunca llegó. Su prisionero estuvo, por otro lado, encerrado días y días encadenado en un pozo de tierra.

Caminan cuesta arriba sin parar un momento. El hombre descalzo va dejando huellas de sangre en el camino. Al fin llegan a un macizo rocoso en donde aparece la entrada a una cueva.

—Arrodíllate —dice el viejo.

—Perdóneme, padre —musita el prisionero.

—No hay perdón para los traidores —responde el anciano, quien allá en su juventud se dedicara a la extorsión y al robo—, vendiste a tu hermano por una hembra.

—Perdóneme, padre —suplica el hijo, una vez más.

El viejo le da un culatazo y el prisionero cae de rodillas. Le apunta...


En el sendero, bordeado de naranjos, olivos y campos de trigo; proveniente de una de las colinas, se escucha una detonación. Por un momento, el gitano piensa que ha estallado una de las ruedas; madre e hija se agarran instintivamente al asiento. Pero el caballo prosigue su marcha sin novedad.

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Imagen reeditada y retocada por el autor de este blog. Tomada de la red.


jueves, 21 de enero de 2010

Homenaje a La vida es sueño


Desde la celda de mi convento

A CALDERÓN DE LA BARCA


ENTONCES era muy joven: apenas una niña todavía... Julián y yo éramos primos. Vino a vivir a casa de mis padres, después de que el suyo se arruinara y se marchara a hacer la América. Era un muchacho crecido, casi un hombre, o al menos, me lo parecía. Yo era una criatura tonta y caprichosa que aún jugaba con muñecas y hacía rabietas cuando mis padres contrariaban el más mínimo de mis deseos. Pero, en cuanto comencé a tratarle, me volví sensata. Él era muy amable y bueno siempre. Era tan juicioso y responsable, que nuestra cercana amistad nunca despertó el recelo de mis queridos padres. Curiosamente, prefería a menudo estar conmigo antes que con mis hermanos Pedro y Luis, que por la edad, hubieran podido avenirse mejor con él que él conmigo. No obstante, repito, prefería estar a mi lado... Yo habría, más tarde, de enamorarme de él...

Pronto tocaran a vísperas*; de entre las páginas del misal, sobresale una hoja desprendida de un álbum de versos. La única que conservo de aquel librito que él se llevo a las Indias para no olvidarme. Yo solía escribir rimas y pequeñas composiciones que no mostraba nunca a nadie, tímida al pensar que alguien pudiese conocer mis más íntimos anhelos y pensamientos. En ese álbum, ya adolescente, declaraba mi amor por mi primo. Una casualidad quiso que él leyera justo aquellas páginas y entonces, con su discreción y cuidado habituales, me hizo saber cómo me había querido siempre, casi al poco tiempo de conocerme. Me besó y yo me ruboricé diciéndole al punto, que si era su gusto casarse conmigo. No sé por qué, pero intuía que mis padres no se opondrían a aquella unión. Luego, habría de llegar carta de América, haciéndole saber que su padre había muerto legándole una considerable fortuna. Acordamos hablar de la boda con mis padres al regreso de su viaje; hasta entonces, todo permanecería en secreto. Y marchó y no regresó: murió de vómito negro al desembarcar.

Extraigo los versos del misal y leo:

Ayer, amor, soñaba;
soñaba, más no dormía;
soñaba yo que tenía, alegre mi corazón.
Mas los sueños vida mía,
los sueños, sueños son.


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*El toque de vísperas es el toque de campanas que anuncia las oraciones vespertinas lo mismo en los monasterios que en los conventos.


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