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martes, 28 de diciembre de 2010

Cuento infantil


Un suceso inesperado

A Clarita, con todo mi afecto y mi cariño.


 MARISA tenía ocho años, acababa de ingresar al tercer grado de primaria. Su nueva maestra, la maestra Úrsula, era tan parecida a una vieja vaca, grande y pesada, como puede serlo una persona. Olía tan mal como una vaca. Marisa, por lo demás, no tardó en darse cuenta que era una mujer odiosa e insoportable.

Las vacas, ya se sabe, no molestan a nadie: se pasan la vida tranquilamente rumiando en el campo. No así: la maestra de Marisa, quien parecía poner todo su cuidado en que los aproximadamente treinta y tantos niños, que estaban a su cargo, la detestasen.

La vieja bruja constantemente los regañaba y les gritaba sin motivo; los abrumaba con ejercicios y tareas excesivas (y si acaso, había alguno que se atrevía a protestar, la maestra lo ponía a hacer el doble de trabajo que a los demás). No ahorraba pescozones ni pellizcos, que repartía a diestra y siniestra a pesar de no estar permitidos; los castigaba sin recreo a la menor provocación; y, en suma, tenía a los pobres niños aterrorizados e intimidados con su abominable presencia.

A maestras como esta, por supuesto que dan ganas de eliminarlas como a cucarachas; lo cual, hay a quienes, pudiera resultar violento; mas los niños suelen tener, de cuando en cuando, ciertas ideas criminales.

Así, algunos pasaban horas muy consoladoras imaginando, por ejemplo, que un loco desquiciado asesinaba a la maestra con cuarenta puñaladas, ni más ni menos; o que otro loco, quizás algún alumno de las clases superiores —que habría terminado por madurar un plan para acabar con la maestra— pondría una bomba justo debajo de su asiento. Y, cuando su gordo y voluminoso trasero estuviese aposentado allí, la bomba explotaría haciendo volar a la odiosa bruja en mil pedazos junto con el techo del salón de clases.

Ello obligaría, desde luego, a suspender actividades durante algún tiempo y los niños tendrían una ansiada vacación con gran regocijo de su parte.

***

NADA DE ESO, como es lógico, tenía muchas probabilidades de ocurrir; tampoco que le cayese un balcón o un aeroplano encima (al salir de su casa, como pensaba Marisa).

Marisa, particularmente, tenía motivos de sobra para odiar al monstruo; especialmente desde el día —¡y vaya que Marisa se acordaba de ese día!— en que la maestra la había sorprendido a punto de besar a Roberto: el niño que a ella más le gustaba.

Roberto tenía más o menos la misma edad de Marisa y, de hecho, iban juntos en el mismo salón.

Pues bien: cuando estaban a punto de darse el beso, o más bien, cuando Marisa estaba a punto de besar a Roberto —quien cerraba los ojos, y se encontraba ligeramente nervioso—, Marisa había sentido, de repente, un doloroso y violento tirón en una de sus orejas:

—¡Ay!, ¡ay!, ¡suélteme, que me hace daño! —había exclamado Marisa.

—¡Vamos a la dirección, jovencita! —era la voz del monstruo.

Sin soltar ni un segundo la oreja de Marisa, la maestra la había conducido, entre ayes y quejidos, a la oficina de la directora.

La directora del colegio, que era una monja, no era del todo una mala persona; pero completamente  imbécil, y se escandalizaba por cualquier tontería; principalmente, por todo aquello que le parecía contrario a la moral y a las buenas costumbres. Regañó agriamente a Marisa y le soltó un largo y aburridísimo sermón acerca del comportamiento que debían observar: las señoritas decentes y bien educadas.

Marisa tuvo que escuchar todas esas sandeces de pie y con la oreja ardiéndole como si se la hubiesen arrancado.

En ese instante hubiera deseado, más que nunca, que algo espantoso y horrible hubiera eliminado a su maestra, de una vez, para siempre. Hervía de cólera y rabia. Lo que más coraje le daba era el brutal e imprevisto tirón de oreja que le había propinado la maestra ¡cómo le dolía! (¡Maldita bruja!)...

Al fin..., la directora la dejó marchar.

***

PARTIR de ese desgraciado incidente, no tardó en quedar muy claro que Marisa se había convertido en la víctima favorita de la ruin y malvada mujer:

—¡Marisa!, ¡callate! —Vociferaba durante la clase.

—¡Marisa!, ¡siéntate! —Vociferaba de nuevo.

(Marisa no se había levantado ni había abierto la boca.)

—¡Marisa!, ¿ya terminaste con tu trabajo? —Interrumpía.

(Hacia diez minutos, que Marisa había terminado.)

—¡Marisa!, la semana que entra quiero hablar con tu mamá —Amenazaba.

—¡Marisa!, hoy no puedes salir al recreo —Prorrumpía.

Al oír esto, Marisa estallaba: ¿porqué no podía salir al recreo? si no había hecho nada para que la castigasen.

—Si protestas, vas a estar castigada una semana —Replicaba la maestra.

Y, naturalmente, Marisa protestaba, pues no era justo.

Entonces, la maestra la castigaba una semana.

Era, en verdad, una odiosa y asquerosa bruja.


***



ASÍ LAS COSAS, hasta que un día llegó a la ciudad El Gran Circo de los Hermanos Macana, mostrando en el escenario nada más ni nada menos que a:

«... ALÍ, EL MAGO ÁRABE MÁS PRODIGIOSO...; FOFO, SOSO Y MILIQUÍ, LOS PAYASOS MÁS DIVERTIDOS...; JACINTA, LA MUJER BARBUDA...; LOS EQUILIBRISTAS Y TRAPECISTAS MÁAS AUDACES...; POGO, EL TEMERARIO HOMBRE BALA...; AALICIA, LA MUJER DE GOMA...; YYY EL MAYOOR NÚMERO DE ANIMALES Y FIERAS AMAESTRADAS EN UUUN ESCENARIO... ¡¡VEEENGAN FAMILIA!! ¡A DIVERTIRSE!, ¡AL GRAN CIRCO DE LOS HERMANOS MACANA! ¡¡¡MAAACANA!!!...»

Un lunes por la mañana, los hombres del circo pasaron a la escuela de Marisa a repartir invitaciones y pases gratis para niños. Asimismo, invitaron a la directora a llevar de visita a los alumnos a la gran exhibición de fieras, que tendría lugar en las instalaciones del circo, previa a la gran inauguración (sin ningún costo). Marisa estaba alborozada, ardía en deseos de tomarse una foto con los elefantes...

Cuál no sería pues, su desencanto y su sorpresa, cuando, al día siguiente, la vaca anunció que todos irían..., excepto Marisa, Marisa se quedaría castigada. Ya la maestra le había comunicado su decisión a la directora y ésta había estado de acuerdo. La maestra, por su parte, tampoco iría: se quedaría en el salón vigilando a Marisa y aprovecharía para calificar los exámenes que había aplicado el día anterior; eso era todo... Marisa estaba furiosa. No había nada que pudiera hacer.

Muy pronto, el salón de clases quedó vacío. Los niños, pertenecientes a todos los grados, abandonaron la escuela. En el viejo edificio de una sola planta quedaron, tan solo, tres personas: la directora, Marisa, y la maestra de Marisa. Marisa fue obligada a sacar su libro de ejercicios.

En el salón, la maestra se sentó a calificar sus exámenes. Con su enorme busto desparramándose por el escritorio parecía, justamente, una vaca. Si Marisa no hubiese estado tan enfadada, quizás habría observado que lo único que parecía hacerle falta a su profesora era una brizna de hierba en los labios que, más bien, parecían belfos (si no sabes qué quiere decir esta palabra, consulta un diccionario)... ¡Infame vieja!, y ¡cómo la aborrecía!...

Roberto tampoco iría al paseo, el muy tonto había enfermado y había tenido que quedarse en casa; era un consuelo, pero no era suficiente.

Marisa se puso a contestar su libro de muy mal humor.

***

CUANDO la excursión llegó al circo, algunos niños se sintieron asqueados: olía peor que los baños escolares cuando se atascaban. (Y se atascaban a menudo, ya que las cañerías eran muy viejas. El día menos pensado estallarían con el consiguiente desastre.)

Mientras recorrían tapándose las narices la carpa donde se alineaban las fieras, una niña perteneciente al cuarto grado hizo la siguiente pregunta: «¿Por qué está vacía una de las jaulas?» Y, apuntó a una de ellas que, efectivamente, estaba vacía: la puerta estaba completamente abierta.

Al punto se soltó la alarma: uno de los leones africanos había desaparecido. Al parecer, alguien había olvidado cerrar la puerta de su jaula. Hubo gritos caos y confusión en el circo. Se hizo venir al domador y algunos ayudantes...

El domador apareció, traía unas botas manchadas de estiércol, un látigo y una vara; sus ayudantes traían cañas de metal huecas, provistas de un lazo en uno de sus extremos...

En vano buscaron a la fiera, no la hallaron por ninguna parte. Entre tanto, alumnos y profesoras corrieron a ocultarse donde mejor les pareció. Algunos se escondieron en los camerinos de los artistas; otros incluso, prefirieron encerrarse en la jaula vacía asegurando el pasador y cerrando el candado. Lo mejor, sin duda, ocurrió a unos niños mayores e indudablemente perversos que se encontraron en los camerinos con las coristas casi desnudas.

Mientras en el circo se armaba semejante barullo, lo cierto es que el león ya no se encontraba en el sitio: se había marchado durante la noche y había escapado en dirección a la ciudad.

En el curso de su viaje el animal se topó con un borrachín quien —al verlo— trepó torpemente en un árbol. No estaba muy seguro de que se tratase de una visión, si bien, ante la duda, juró solemnemente no volver a beber.

La fiera prefirió ignorarlo.

***

EL ANIMAL había vagado durante horas y horas, aburrido y muerto de tedio, por las calles y avenidas de la ciudad dormida; había recorrido los parques y los jardines desiertos. En uno de ellos, terminó por pasar la noche.

Sería cosa de las diez de la mañana cuando el animal, perezoso y adormilado, pasó a un lado del colegio de Marisa cercano al parque y, apoyó su cabeza sobre la puerta con la intención de rascarse, ¡oh, sorpresa!: la reja estaba entornada. El león la empujó con curiosidad, cruzó el vestíbulo y penetró en el patio.

Marisa se encontraba haciendo multiplicaciones. 

El león dio vueltas y más vueltas sin encontrar nada interesante. Volcó un bote de basura buscando algo de comer: estaba vacío. Se sentía perdido y un tanto desorientado. Comenzaba a sentir hambre.

La vaca, después de engullir su tercera taza de café muy cargado, se levantó para ir al baño y prepararse la cuarta taza de café del día. Era una viciosa del café y se tomaba hasta trece tazas diarias. Contempló a Marisa con desdén y salió del salón sacudiéndose el trasero. Marisa la vio alejarse con odio, y, un par de segundos después, tornó a ocuparse de su libro.

La maestra, al salir, emitió un pequeño eructo de satisfacción: la mañana iniciaba bien. Había castigado a una niña repulsiva e inmunda (todas las niñas eran «repulsivas»  e «inmundas»...); en el transcurso de la jornada había reprobado a varios niños; y, por si fuera poco, el día anterior había envenenado a la gata de su vecino: un músico soltero que tocaba el violín... Todo eso la llenaba de íntima alegría (pensaba, además, mortificar aún más a Marisa)... Caminaba absorta, sosteniendo su taza y su cuchara; los ojos miopes tras los espesos lentes de cristal que los cubrían: una vaca con anteojos.

De pronto se topó, frente a frente, con el león. Éste le dedicó, por todo saludo, un gruñido y sacudió su melena. La mujer manchó sus calzones en el acto. Dejó caer su taza y su cuchara. No tuvo tiempo de gritar ni de correr porque el miedo y la sorpresa la paralizaron y la dejaron muda.

El león saltó sobre ella derribándola de un zarpazo.

Marisa escucho el ruido de la taza hacerse añicos y el tintineo de la cuchara acompañados del ruido de algo muy pesado que caía y, sobresaltada, corrió a asomarse: vio a la fiera devorando a su maestra.

Inmediatamente y con el corazón palpitándole muy fuerte, corrió al otro extremo del salón casi sin pensarlo y, encaramándose en una ventana que daba a la calle, brincó hacia el exterior. Al caer se despellejó las manos y las rodillas. Se incorporó y, hecho esto, no paró de correr hasta llegar a su casa que, por suerte, no estaba muy lejos.

En el camino sufrió un encontronazo con el viejo cartero: un paquete de cartas, que este llevaba en la mano, salió volando y se desperdigó en la avenida: el cartero quedó tendido en la acera, mascullando insultos y profiriendo maldiciones.

Marisa ni siquiera reparó en él.

Llegó a su casa con gran alboroto; azotando, al entrar, violentamente la puerta; subió a escape las escaleras y entró a su cuarto con gran estrépito; azotando, al entrar, una vez más, la puerta... Corrió a ocultarse bajo la cama.

—MARISA, ¿QUÉ HACES EN LA CASA?  —le gritó su madre, que la había visto entrar.

Pero Marisa no contestó.

***

MÁS TARDE, se tuvieron noticias de lo que había ocurrido en la escuela. Sor Brígida, la directora, quien había presenciado inadvertidamente y muerta de pánico todo lo ocurrido desde una ventana de su oficina, aunque, sin correr ningún peligro, había dado la voz de alerta. La impresión, con todo, fue demasiado para ella, le vino una crisis nerviosa y hubo de abandonar su cargo por tiempo indefinido.

Mustafá, el león, fue capturado y devuelto al circo. Se supo, que aparte de comerse a la profesora, no se se había comido a ninguna otra persona. Al menos no hubo quien reportara un acontecimiento similar.

El desdichado animal sufrió una terrible indigestión que requirió cuidados médicos; sin embargo, era fuerte y se recuperó.

Lo único que quedó de la maestra Úrsula fue un par de zapatos, unos cuantos despojos ensangrentados y un par de anteojos hechos trizas. Nadie lamentó mucho su desgraciado fin.

Los hermanos Macana tuvieron que pagar una cuantiosa multa y tuvieron que abandonar la ciudad enseguida. Pese a ello, lograron resarcirse: en su próxima parada, anunciaron: «Al fiero león del Atlas, devorador de hombres», que fue la máxima atracción  aquella temporada.

Marisa, por su parte, por fin pudo besar a Roberto.





ALGUNAS PALABRAS DEL AUTOR:

Bueno, con esta publicación le doy termino a un año de publicaciones, pero esto no es todo; he querido cerrar con broche de oro y desde hace tiempo había venido pensando en concluir cerrando con un video, con la música y coros del Himno a la alegria de Beethoven. Como quiera que tenía que escoger para esta publicación, en particular, algo que no se contraponiere mucho al cuento con el que decidí finalizar este blog en espera de un nuevo ciclo, opté por pegar este video... Hasta pronto.





4 comentarios:

  1. hola
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  2. Hola, muchas gracias, ya me he dado de alta. Saludos cordiales.

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  3. A petición de una crítica sobre este texto, te envío algunas notas que me saltaron a la vista. Toma muy en cuenta que yo no soy escritora ni nada por el estilo y que obivamente tu decidirás si tomas o no mis comentarios
    Me gustó mucho el texto, la verdad es un arte escribir libros infantiles. :) Gracias por compartir.

    y le soltó un larguísimo y aburridísimo sermón. Dos superlativos juntos resultan excesivos, quizás un “largo y aburridísimo sermón”

    (Por supuesto, acompañados de un adulto que tendría que pagar boleto). ¿Es necesaria esta aclaración)

    su decisión a la directora y esta había estado de acuerdo “ésta” lleva acento.

    Exámenes se acentúa.

    y eso era todo. Quizás por “Eso era todo…”

    Marisa tuvo que sacar su libro de ejercicios. Por: “Marisa fue obligada a sacar” (así te da más coraje)

    Roberto, igualmente, no iría al paseo, Por: Roberto tampoco.
    Esto era un consuelo. Pero no era suficiente. Por: No era suficiente, pero le servía de consuelo.

    En vano buscaron a la fiera, no la hallaron. A mí me gusta más el “encontraron” en vez de hallaron.

    lo cierto es que. Podría omitirse y dejar sólo el león se había marchado…

    un soltero que tocaba el violín, un músico... Por: Un músico soltero que tocaba el violín.

    Quizás en la manchada de calzones y por ser un libro para niños, podrías aclarar con qué se los manchó ☺

    correr, tan solo, porque Por: correr, porque el miedo…

    y, sobresaltada puede ser un punto y seguido. …que caía. Sobresaltada, corrió…

    muy fuerte o fuertemente. En vez de “muy fuertemente”

    azotando, al entrar, violentamente la puerta; subió a escape las escaleras y entró a su cuarto con gran estrépito; azotando, al entrar, una vez más, la puerta... Corrió a ocultarse bajo la cama. Por “azotando violentamente la puerta; azotando ésta también.

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    1. Mil gracias, Palomilla, por tu tiempo y por ser tan precisa. Tomé en consideración la mayoría de tus observaciones. Gracias de nuevo. Saludos.

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