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jueves, 14 de enero de 2010

Acerca de Monterroso

NUNCA he sentido un particular interés por la obra del escritor guatemalteco Augusto Monterroso. Tiene, no obstante, un par de cuentos que me han gustado (sin llegar a considerarlos excepcionales)... Alguna vez leí su libro La oveja negra y demás fábulas; recuerdo haber gustado únicamente de la que está anunciada en el título... Más adelante, topé con un volúmen suyo que hablaba de las moscas (el nombre lo he olvidado): me pareció una solemne tontería... Su microrrelato que lo lanzó a la fama: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, nunca me ha parecido poco más que una aguda y acertada ocurrencia (por mucho que los intelectuales lo hayan celebrado y celebrado al escritor). En la Wikipedia, leo que algún tiempo esta ficción estuvo considerada como la más breve de la literatura universal, hasta ser desplazada por el minicuento del mexicano Luis Felipe Lomelí: «El inmigrante» (¿Olvida usted algo? —¡Ojalá!).

Como quiera que sea, yo no estoy peleado con la microficción (cuanto y más que he tendido siempre a la brevedad). Bien dice la sentencia latina: «Bonum, si brevis, duos vitas bonum

He aquí pues, para deleite de mis lectores, una selección de minitextos.



El sultán y los dos amantes

—... y colocarás sus cabezas en el interior del harén.


Sed de oro

Aquel español tenía sed de oro... Por eso los indios le dieron a beber un cuenco de oro líquido.


El alma de Hernán Cortés

Ahora lamento no haber ido... Tal vez ahora, tendría algo que contar.

... Ir a la Iglesia del Hospital de Jesús en la ciudad de México; detenernos frente al busto conmemorativo del marqués; leer la inscripción grabada en la piedra; escuchar la misa por la salvación de su alma; rezar y dar gracias al conquistador por haber traído la luz «de la verdadera fe» a esta tierra de «indios paganos, sacrificadores a los falsos ídolos, y comedores de carne humana»... Quizás, antes o después de la misa, mi abuelo me llevaría a contemplar el sitio exacto donde descansan los restos, y se persignaría devotamente... Nadie pararía mientes en aquel viejo, descendiente de sefardíes —llegados a América a raíz de las persecuciones religiosas—, ni en el mestizo, de cara española, que lo acompañaba.


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